Centre Cultural - Exposiciones - Ángel Camino

Ángel Camino

La oscuridad visible

El impulso de crear surge del azar,
de los encuentros fortuitos,
de la naturaleza, de los sentimientos.
Al realizar una escultura estamos haciendo una afirmación de lo visible,
de lo que nos rodea y que continuamente aparece y desaparece

 

Ángel Camino, infatigable perseguidor de sueños, poeta visionario, imagina y cumple designios de ilusión apasionada. Y se acerca de nuevo al fuego sagrado que calienta medio del algidesa del cosmos. Intuye de nuevo que el afán de averiguar el sentido de la existencia topará con una inescrutable oscuridad. Sin embargo, el dominio magistral de las técnicas, la investigación metódica, la tristeza y la alegría de los acabados, el proceso entero la ayuda a iluminar tinieblas. Tal destellos de un faro, los estallidos de entusiasmo proyectan sombras sobre el abismo inherente al acto creativo. Las composiciones nos fascinan con algún atractivo poderoso que da igual que la llamamos belleza como sublimitat- conduce a la fluctuación metafórica con la que tratamos de explicarnos a nosotros mismos desde la escisión originaria de la conciencia del ser y de la nada. En el interior de cualquier lenguaje quedan indicios de esta dicotomía. Y la poética se refiere explícitamente, cuando trata de nuestra condición precaria.

El discurso del artista muestra realidades inaccesibles. No se basa en la persuasión sino en la complicidad. Y se refleja en una vivencia mística: la domesticación del caos. Sin embargo, lo que buscaba no coincide con lo que encontrará. El azar, el reverso de la secuencia de causas y efectos, es parte constitutiva del orden aparente.

La oscuridad visible plantea el enigma de las ambivalencias. Primeramente, observamos dibujos y grabados, imágenes incipientes que no consideramos meros ejercicios preparatorios de las expansiones volumétricas ulteriores; al contrario, los vemos preámbulos imprescindibles los objetos concebidos de antemano. Percibimos recogimiento, intimidad y soledad hasta que, en un segundo instante de eclosión, los espacios en blanco se convierten profundidades pétreas. Las líneas sinuosas rodean el granito y el mármol del crecimiento.

Y, en último término, experimentamos la metamorfosis del bronce y del hierro: lucha por la supervivencia, amor intangible, aceptación de la muerte. Las obras plasman la concordancia mítica de los tótems, poseen la virtud preservadora de los talismanes y, al mismo tiempo, reúnen influencias contemporáneas. Apreciamos la maestría de Henry Moore y Jorge Oteiza, hacedores de huecos esenciales; la huella del expresionismo abstracto de Jackson Pollock, y en los trazos de pintura y las geometrías, reminiscencias de culturas ancestrales. Pero la experiencia individual es única, intransferible, resiste a todo reduccionismo.

Texto de Manel Gibert

 

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