Centre Cultural - Exposiciones - Lluís Vilà · Absolut II

Lluís Vilà · Absolut II

Lluís Vilà (Banyoles, 1.952-2.010) es uno de esos casos únicos, la creatividad se desarrolló desde una metafísica orgánica interna que acabó entregando un repertorio de obra fruto de su relación con la comida y otras funciones orgánicas como digerir o excretar, en el marco de una maquinaria poética muy propia y difícil de igualar.

Pilar Parcerisas

 

Humanitas, felicitas, libertas (Humanismo, felicidad y libertad), este lema latino de un emperador lejano pero cercano podría representar, tranquilamente, la dimensión existencial que el artista catalán Lluís Vilà practicó, intensamente, hasta su muerte repentina y prematura en 2010. Un ser extraordinario, un rara avis en el ámbito de la creatividad, que en su última etapa -y que hoy exhibimos mediante la exposición Absolut II– anticipó al concepto de muerte, de su muerte, vaciando la existencia corpórea a sus obras hasta dejarlas con perfiles de blanco puro sólo matizadas por grafismos sutiles y delicados de negro rotundo.
Las pinturas Absoluts de 2009 y 2010 hacían el undripping, despintado y dialogaban con el menos es más, jugando con las superposiciones y las transparencias. Todo un conjunto de obras de estructurada geometría interna que lo aguantaban todo, incluso el cuerpo y el alma de la pintura. Y es que “Lluís Vilà, sabía tratar los temas más oscuros de la existencia de una manera diáfana e iluminada, donde la oscuridad se volvía luz”, escribía la crítica de arte y amiga del autor Pilar Parcerisas .

Y mientras trabajaba con los dos planos de las telas de gran formato, esculpiendo la foto desde tierra con gestualidad intesa pero medida, iba tejiendo construcciones tridimensionales. Llamados Nautes estas esculturas son como argonautas, ángeles sin rostro, pequeñas momias del antiguo egipto de blanco impoluto que viajan por nuestro imaginario representados todos y nadie a la vez; presencias que nos seducen hacia otros mundos, dentro o fuera de nuestra percepción. Obras que surgían de su taller de la plaza mayor de Banyoles para preguntarnos la dimensión del papel del hombre en este intenso debate sobre trashumantes y bioconservadors. Esculturas místicas que siempre quieren dar cabida como complemento a objetos orgánicos, en este caso el pan, este alimento sagrado y cotidiano que ha dado la vida a los seres humanos desde el inicio de los tiempos. Un color de vida, color carne, marrón, que contrasta con monocolor los homenoides, un blanco de hielo que todo contiene y que es, asimismo, la constatación de la ausencia de todo, que es presencia. Un vacío que es un pleno, donde todo está sin menudo ser percibido.
 
Ricard Planas Camps
crítico de arte

Colaboradores